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Elegí un mal día para hacer una prueba de guión

Tarde o temprano habrá que darle una vuelta al asunto este de las pruebas de guión. En toda mi vida profesional habré hecho cuatro pruebas. La primera para un branded content _que allá por 2010 todavía no se llamaba así_ de The Sex Shop Channel. La cosa iba de una serie de animación de educación sexual. Me cogieron (con perdón), junto a tres guionistas más. La cosa no terminó de cuajar pero fue una experiencia realmente divertida durante las pocas semanas que duró.

De las otras tres, solamente una respondía a una convocatoria más o menos pública. Y tenías que presentar tu propio formato (me cogieron también). Las otras dos fueron oportunidades que me dio alguien que conocía a alguien. A la última de las dos llegué tarde: el soplo llegó cuando la prueba ya había pasado. Aun así, Jorge Alonso accedió a hacerme la prueba, le gustó y recibí al menos un buen feedback.

El resto de pitches que he ido haciendo han sido por iniciativa propia, llevando mis specs o materiales propios por ahí cual distribuidora de Tupperware. Y llegamos a hoy, 23:49 de la noche, con mis hijas durmiendo, mi marido también, y bueno, y yo. Dándole una vuelta a este portafolio para enviar un mail; porque esta mañana un compañero de profesión me ha avisado de otra prueba en la productora donde trabaja.

Pero claro, me imagino que andarán buscando guionistas de 25 años o guionistas con ficha IMDB y proyectos que hayan corrido mejor suerte que los míos. O guionistas sin hijas recién nacidas, o guionistas que por asomo sean capaces de mantenerse despiertas delante de su teclado. Porque si llegan a hacerme la prueba me imagino el pitch subsiguiente más o menos así:

COORDINADOR DE GUIÓN

Y cuéntame, ¿en qué estás ahora?

YO

¿Que en qué estoy? Pues mira, justo esta semana estoy montando un corto documental con una bebé colgando y una niña de tres años moqueando mientras trato de mantener otro a flote porque cosas que pasan nos habían seleccionado en MEDIA cuando a mi productor ejecutivo le mató un ictus el día después de Reyes, y este es mi blog, que no actualizo desde enero porque ¿te he dicho ya lo de la bebé colgando? Aparte de eso soy capaz de hacer branded content y contenidos transmedia sobre agendas comerciales y recobros.

En ese momento, la bebé eructa estentóreamente. Al mismo tiempo una riada de caca de lactante traspasa la mochila de porteo, salpica la pantalla del portátil y se cuelga Skype.

prueba de guión

Fer me dijo a finales del año pasado que mientras siguiéramos escribiendo seguíamos siendo guionistas. Así que he enviado ese mail, claro.

Los cinco pilares de The Butterfly mosque

Omar y su familia habían vivido años en el barrio y nunca supieron el nombre de la mezquita encerrada tras los muros de la cárcel. Cuando ya llevaba varias semanas en Tura empecé a llamarla la Mezquita Mariposa, porque me recordaba a una mariposa encerrada en una campana de cristal. Fantaseaba con la idea de liberarla y encarcelar en su lugar la mezquita moderna, fea y ruidosa eje de la vida religiosa en Tura, que podía ver desde la ventana del baño del piso.

El primer pilar del Islam es la shahada,

reconocerse públicamente como musulmán o musulmana. Es el primer paso necesario para llegar a cumplir los otros cuatro. La Shahada es el primer pilar por cuanto es el punto de partida, el reconocimiento de la identidad.  The Butterfly Mosque es un primer paso también: la primera incursión de Willow Wilson en la narrativa, tras más de tres años como guionista de cómics.

Podría ser The Butterfly mosque un libro de memorias recientes. El relato de un viaje personal y espiritual, una ruptura cultural en el escenario inmediatamente posterior al 11S, un enfrentamiento adrede con los propios prejuicios y, por el camino, la conversión al Islam de la autora. Por el camino, literalmente.

The Butterfly Mosque Willow Wilson Conversion
“Si convertirse significa entrar al servicio de un ideal, yo me convertí en ese avión. A oscuras, sobrevolando el Mediterráneo, sin país, sin ley, hice las paces con Dios. Y le llamé Allah”.

Shahada significa testimonio, pero también aceptación.  Habiendo atravesado una enfermedad grave, Willow se acerca a la interconexión  de sus propias células enfermas y sanas; pasa por un combate singular con la lengua árabe, y por un tatuaje con la palabra Tawhid, la unicidad de Allah. “Sé, y todo es”. Una conversa que no se arabiza pero que, al mismo tiempo, decide ponerse en El Cairo para entender esa Unicidad que abarca todo. Para Wilson, aceptar el hecho mismo de Dios es aceptar la propia realidad de la creación: “Mi insignificancia se había hecho inefablemente bella para mí”.

Un detalle importante: no estamos ante uno de esos relatos de viaje espiritual con conversión final. Willow Wilson se acerca al Islam no a pesar del 11S, sino precisamente a causa del 11S; rasgo que compartimos muchos musulmanes y musulmanas en USA, Europa y la España posterior al 11M. La Shahada supone para nosotros un acontecimiento íntimo y conmovedor. Un partir de cero, también en lo personal, que sólo podemos hacer nuestro mediante la aceptación de lo Absoluto. No existe más Dios que Dios, y Muhammad es su siervo, repetimos. Sin país, sin identidades, sin ley ni norma alguna _ ley, esa palabra maldita que nos hiere, divide y estigmatiza como ninguna otra_.  No hay más dios que Dios. No hay más condición para formar parte de la Ummah islámica que entregarse a lo Eterno.

Y en esa aceptación del fin de la frontera Willow Wilson se planta en El Cairo de 2003, con la herida del Choque de Civilizaciones aún supurando.

El segundo pilar del Islam es la Salat,

la oración diaria. Es todo un reto, lo sigue siendo para mí tras más de doce años; y lo era para Wilson aun viviendo en una ciudad sembrada de mezquitas en la que la cadencia de las horas rige la vida cotidiana por la fuerza misma de la costumbre.

Mientras, yo ya era musulmana. Sola en mi cuarto, tras las ventanas de madera que enmarcaban el palmeral, yo rezaba. Rezar era difícil al principio: a mí nunca me habían enseñado a inclinarme o recitar palabras que nadie iba a escuchar. En mi primera oración no miré hacia Meca: en su lugar me postré hacia el Oeste, hacia mi hogar. Meca era un lugar que nunca había visto, lleno de desconocidos. Para ser conversa, era inusualmente obstinada.

La Salat requiere un ritual previo de limpieza y un aprendizaje corporal. Puedes rezar cuanto quieras espontáneamente _du’a_ pero la Salat es una conexión: íntima con Dios; y colectiva con todos los musulmanes que venimos repitiendo el rito desde hace 16 siglos. Ahí es donde radica su poder, y por eso es un compromiso tan difícil de cumplir.

Pero The Butterfly Mosque hace poco recorrido por el misterio de la oración. Reconoce la dureza de rezar al tuntún, a escondidas al principio, hasta acudir a las mezquitas a rezar en comunidad, costado con costado en las filas de mujeres. La fuerza de esa experiencia en común es la que interesa a Wilson y está muy presente en su obra, incluso en el primer episodio que escribió para Ms. Marvel.

ms marvel mezquita heroina musulmana

Para la protagonista de The Butterfly Mosque los párrafos dedicados a la Salat son un proceso acompasado del viaje interior _tanto espiritual como personal_ que está sucediendo. A este acompasamiento, en el que participa el propio cuerpo, Wilson lo llama habitar el Islam“Te conviertes en parte de un algoritmo que conecta cuerpos terrestres y celestes. Tu calendario se rige por las fases de la luna, tus oraciones por el movimiento del sol en el cielo. Meca se convierte en una idea […] Tus fiestas varían diez días por año, sin apegarse a ninguna estación del año. La iconoclastia impuesta por Muhammad fue absoluta: no asocias nada a imágenes humanas, ni tampoco a fenómenos naturales”.

El tercer pilar es el ayuno del mes de Ramadán,

el mes en que Wilson sale del armario _ o de su cuarto de rezar_ y en el que arranca la historia de amor que atraviesa todo el libro. 48 horas después de llegar a El Cairo, y el mismo día que comienza a trabajar como profesora, Willow conoce a Omar, un compañero encargado de hacer de guía y ayudar a instalarse a las americanas recién llegadas. Pocas semanas después se encienden los faroles de Ramadán por toda la ciudad. Willow decide confesar su condición de musulmana novata: todavía no ha terminado de aprender a rezar y ha de enfrentarse a treinta días de ayuno.

Omar y su familia deciden ayudarle un poco. Y el viaje espiritual se complementa de nuevo con el personal, porque apenas un año después, hacia el ecuador del libro, Willow y Omar se casan junto al Nilo en un fiestón bajo la lluvia con tres idiomas sonando a la vez. Ramadan en Cairo significa paseos con Omar, ritos sociales que aprender y desaprender. Sufismo y jams de heavy metal en casas sufíes. En las horas más duras de la tarde, hasta que se pone el sol y llega el primer sorbo de agua.“Desde aquel día [el primero de su primer ayuno] Ramadan fue para mí gratitud: por la Revelación, por la profecía, por el simple goce de ser una humana en este mundo”.

Ramadan Willow Wilson The Butterfly Mosque

Zakat es el nombre del cuarto pilar,

que traducimos como limosna o, más precisos, tributo. Cada musulmán decide a quién destinar un porcentaje de sus ganancias anuales: una ONG, un vecino necesitado, cualquier decisión es válida siempre que cubra necesidades vitales.

Wilson no dedica una coma al azaque en The Butterfly Mosque. Pero sí narra su descubrimiento de un nuevo sentido de la generosidad. Cairo es el reino del caos, no hay supermercados para que una treintañera de Massachusets haga la compra sin mancharse. Menos aún si, como Wilson, elige vivir en un barrio de trabajadores y no en un parque temático para expats. En Cairo encontrarás gatos muertos, recogerás a otros vivos, tendrán gatitos que se morirán al nacer y aceptarás a los supervivientes alhamdulillah. Y siempre habrá un vecino que te eche una mano. Para Wilson el Cuarto Pilar del Islam es la bondad.

zakat Willow Wilson the Butterfly mosque

Y el quinto pilar, la peregrinación

a Meca.

Fue como si estuviera viendo, por gracia de la inmensa distancia física entre Boston e Isfahán, cuán lejos estaba ya mi antigua vida. Me sentí abrumada por un momento, a causa de la magnitud de la ruptura que había hecho con mi propia historia. El mundo es demasiado grande y yo demasiado pequeña. No fui capaz de contener tantas contradicciones. Aguanté el resto de la cena y me volví al hotel, me metí en la bañera y lloré durante media hora.

Isfahán no es Meca. Está lejos de El Cairo, de hecho, que se comunica con Arabia Saudí por carretera. Pero si todo musulmán debe prepararse para el Hajj, Willow Wilson tenía varias peregrinaciones pendientes en estos primeros años de su vida como conversa. Una de ellas, viajar sola a Irán.

Todo The Butterfly Mosque son viajes dentro de otros viajes. De Boston a El Cairo. De El Cairo al desierto. Del agnosticismo al Islam, y de éste al Sufismo. Del sunismo a Isfahán. De la vida urbana en la Ciudad Conquistadora a los montes Zagros. Y de regreso a casa, a Estados Unidos, una más de los emigrantes vigilados por la Administración estadounidense por una conversión en mal momento y un matrimonio sospechoso. Un regreso forzado por la imposibilidad legal de que Omar pudiera visitar su país como turista, sino ser admitido como cónyuge. Y por ende, sometido a escrutinio durante el tiempo de su residencia.

La peregrinación de Wilson llega a su final con un viaje de regreso. Poco después comenzó su carrera como guionista y escritora de ficción. Cairo siempre está presente en su obra, como lo está el Islam. Mientras tanto, la Mezquita Mariposa permanece en Egipto, pequeña, encerrada y eterna como la propia espiritualidad islámica, que seguirá siglos después de que sus secuestradores se hayan convertido en polvo.

Buzfeed – ¿”Integrar” a la comunidad musulmana?

Aquí podéis leer el principio de mi  artículo Integrar a la comunidad musulmana española, publicado en Buzzfeed España sobre qué entendemos por islamofobia, por integración; y sobre por qué los musulmanes y fundamentalmente las musulmanas españolas no somos diferentes al resto.

Buzfeed_Islamofobia_Ara_Ferrero
Haz click en la imagen para leer el texto completo

En 1993 Mamen se añadió al nombre un Latifa. Era la hermana mayor de una de mis amigas de clase, era filóloga árabe y venía de pasar un año en El Cairo. En pocos meses se mudaría a Londres. En una de sus visitas de verano la cosí a preguntas; yo tenía 17 años –mi madre estaba leyendo No sin mi hija y mi tía Vendidas–. Pregunté muchas chorradas. ¿Por qué se quitaba el pañuelo dentro de casa? ¿Podría trabajar fuera de casa? ¿Estaba segura de casarse con alguien a quien había conocido hacía pocas semanas? ¿Seguiría teniendo amigos de otras religiones?

Muchos años, mogollón (me cago en la leche) después, mi amiga me diría: “bueno, pero tú al menos hacías preguntas. A mí nunca me preguntan nada”. Amina y yo nos conocimos en 2007, un año después de que yo me añadiera a mi nombre un Taliba (aprendiza). En el parque y los cumpleaños hablamos muy a menudo de privilegios. Siempre han estado muy presentes para su piel morena y su hijab Amira style. Ambas somos activistas. Ambas somos profesionales del audiovisual. Ambas somos madres. Pero mi amiga forma parte de esos musulmanes que deben integrarse, mientras que yo soy musulmana a mi manera. 

No queremos catequesis en la escuela, pero, por otra parte, querríamos que el hijab de mi amiga o nuestra dieta no fueran objeto de exotismo, tolerancia o integración. Nos gustaría darnos a conocer como parte de esta sociedad, decir que estamos aquí y que así vivimos, sin más.

Ambas sufrimos islamofobia, ella mucho más agresiva y peligrosa, yo más sutil (salvo tras apariciones públicas). En la escuela de nuestras hijas es a mí a quien se dirigen cuando surgen preguntas sobre el islam, a pesar de que su familia se incorporó un año antes. No soy una mujer árabe y eso supone un privilegio para practicar mi religión del que no siempre soy consciente, dentro y fuera de mi comunidad. Servidora, como curiosidad ambulante, ha logrado colarse a rezar en la prohibidísima Mezquita de Córdoba y ha sido invitada al espacio masculino de la mezquita de Maspalomas, Gran Canaria –sí, la que está en el Yumbo, el centro comercial gay–.

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Otras colaboraciones

El Camello cojito. Gloria Fuertes y la fe

Cada Navidad leo El Camello Cojito. Lo he ido leyendo de niña y de adulta. Ahora, se lo leo a mi hija. Como tengo la edición original y es mi libro favorito de Gloria Fuertes, este año será el último que lea este, al que ya le toca un relevo.

Se trata de la edición original de 1978, aunque los poemas son de 1971 según la cubierta. A mí me lo debieron de regalar en 1979 o incluso en el mismo 1978, tras recomendarlo mi seño de Infantil. Loren todavía se acuerda de mí en el barrio. “¡Tú eres Arancha, la que aprendió a leer sola!” Loren, sé que no usas blogs y no puedes leer esto, pero el próximo día que te vea te lo voy a llevar para ver si también te acuerdas

Gloria Fuertes El Camello Cojito Escritora de Fortuna

es un auto sacramental. Así lo subtitula la propia Glora: “Auto de los Reyes Magos”. Una historia para ser leída en Navidad, para ser pensada en Navidad, desafiando la ortodoxia y la tradición boba desde la propia identidad cristiana.

«Y a las tantas ya del alba

_ya cantaban pajarillos_

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos

oyendo hablar como a un Hombre

a un Niño recién nacido.

No quiero oro ni incienso,

ni esos tesoros tan fríos.

Quiero al camello, le quiero

¡Le quiero! Repitió el Niño”.

(Atención a las mayúsculas)

Al auto del camello cojito le sigue una colección de poemas navideños y villancicos. Algunos emparentados con la lírica popular. Otros puramente gloriosos, como el Villancico de la Jirafa:

“Pura y larga jirafa delgaducha.

Rabo de nada y manchas de limpieza.

Y a ese Niño que bulle sin ropaje

con tu piel tú quisieras hacer traje,

porque sabes qué vale dicho Niño.

Crecerá más que tú,

muy alto subirá sin hacer lucha,

tú lo sabes, jirafa delgaducha,

y por eso le miras con cariño”.

 

El ilustrador más asociado a Gloria Fuertes es Ulises Wensel. El camello cojito está ilustrado por Julio Álvarez. Álvarez ilustró también Don Pato y Don Pito y El Hada Acaramelada, los tres títulos de los 70. También era poeta.
Hijo no te duermas Gloria Fuertes el camello cojito Escritora de Fortuna
Hijo, no te duermas […]

No cierres los ojos

que te está mirando

un pastor sin madre

que vino descalzo

a ofrecerte un un cuenco

cuenco de sus manos

lleno de azulinas

de las de tus campos.

¡Hijo, no te duermas,

que te están rezando!

¿Dónde vas con tu amor, Niño del Alba?

Voy a salvar a todos los que no me aman.

¿Dónde vas, carpintero, tan de mañana?

Yo me marcho a la guerra para pararla.”

Ya esta el Niño en el portal Gloria Fuertes el camello cojito Escritora de Fortuna

Ya está el Niño en el portal

que nació en la portería.

San José tiene taller

y es la portera María.

Dice que pecado es

perseguir y encarcelar

y que pecado no es

en el sermón bostezar”

 

Era 1971. Conviene recordar la fecha para ser conscientes de la cantidad de cosas que cuentan estos villancicos. No son los únicos poemas de Gloria Fuertes donde se manifiesta una fe profundísima. A prueba de bombas, de dictaduras y de inquisidores. Casi 40 años después me sigue emocionando hasta el punto de no poder leerlos de tirón.

La última edición del libro completo es de 1990. Después, la editorial Escuela Española se extinguió. Bruño sigue publicando el auto, en una edición exenta. No sé si el olvido progresivo que ha sufrido El camello cojito, y más aún los poemas que le acompañan, se debe a una cuestión de derechos. La cuestión es que hemos recuperado casi toda la obra de Gloria, incluidas las Tres Reinas Magas… pero no este libro.

Hay otros, casi todos en Mujer de Verso en Pecho. Son poemas muy al hilo del tiempo en que fueron escritos, pura Teología de la Liberación. Creo que no reivindicar esa voz tan profundamente espiritual, tan inocente y tan férreamente política a la vez, es un tremendo error. Mientras tanto, pongo a vuestra disposición la edición digital que vamos a hacer para no cargarnos el original.

 

Shockaholic: familia, fama y pies de foto – #AdoptaUnaAutora

Este post forma parte del proyecto conjunto Adopta una autora.

El electroshock da título al segundo volumen de memorias de Carrie Fisher, Shockaholic, que deriva en una reflexión sobre la familia. Wishful Drinking tiene como estrella invitada a su madre. Shockaholic acaba teniendo todo que ver con su padre, que había muerto poco antes. Se trata de un texto pequeño, de poco más de 150 páginas, que ha pasado un tanto inadvertido entre el anterior y The Princess Diarist, su última obra.

Quizá porque Shockaholic acusa un punto de enorme amargura: la muerte de su amigo Gregory Stevens abre el libro, catalizando una crisis emocional definitiva, que deviene en una decisión también definitiva: cambiar el tratamiento de psicótropos por la electroconvulsión. Shockaholic es un libro de memorias sobre el sacrificio de la propia memoria. Perder una parte importante de recuerdos y ganar una masa importante de kilos, con el deterioro consecuente de autoestima. El porqué, su hija Billie Lourd, apenas una adolescente entonces. Si en el volumen anterior nos quedó claro cuánto adoraba Carrie Fisher a su madre, le debemos a su hija decisiones (y prosa) como esa.

Billie Lourd Shockaholic Carrie Fisher

 

Carrie Fisher se hace eco de la paradoja del payaso (sal de este post ahora mismo y lee el enlace anterior). Convertir el sufrimiento y la locura en comedia. Pero la comedia lo que tiene es que se acaba, y la locura no lo hace necesariamente cuando se vacía el escenario. Sin embargo, ella pudo con ello; o pudo lo bastante como para armar un volumen realmente hilarante a partir de aquí. Carrie Fisher era guionista, pero supo en qué momento pasarse las convenciones estructurales de los tres actos por el forro y tomar un atajo para narrar sus desventuras bajo los electrodos y todo el proceso posterior. Por el camino la muerte sigue acechando, pero al fin y al cabo todos nos tenemos que morir, ¿no?

No hay en Shockaholic un hilo narrativo propiamente dicho: sí hay reflexión, encuentros, pequeños recorridos personales junto a personas que comparten vivencias, ya sea la parte agridulce de la fama, la enfermedad o los vínculos familiares. El trayecto va parando por los pies de foto más descacharrantes que ilustrarán nunca unas Memorias:

http://escritoradefortuna.es/wp-content/uploads/2017/07/Debbie_Reynolds_Carrie_Fisher_Shockaholic.
Tema de portada de una revista con detalles para vivir plenamente tu vida, además de varias recetas de ternera lechal

Shockaholic recapitula las más surrealistas escenas que anticipaba Wishful Drinking: infancia marcada por el entorno de Hollywood (fama total primero, fama en declive después); matrimonios de ir y venir, portadas del cotilleo, y un amor indestructible por su madre y su hermano. Tan indestructible que podía redimir a cuantos pasaron por sus vidas, no siempre para bien. Nos cuenta que no tenía más de 20 años cuando llamó a su ex padrastro por teléfono, desde Londres, completamente borracha, para decirle que por cutre y pedorro que fuera, al fin y al cabo no era un mal tipo y que todo bien. El hombre murió a los pocos días.

Debbie_Reynolds_matrimonios_Carrie_Fisher_Shockaholic
Mapa de de senderismo de Singapur, empoderando a la comunidad local en su desarrollo sostenible

Uno de los logros de Shockaholic es su uso de la ironía. No construye desde la literatura testimonial, pero tampoco desde el sarcasmo que florecía en Wishful Drinking. Carrie Fisher va más allá de reírse de las portadas de Photoplay: encuentra en ellas la oportunidad para mirar hacia su infancia con ternura. No es para menos: gracias a esa infancia es una de las pocas personas que puede presumir de cómo Liz Taylor la tiró a una piscina.

Y hablando de Liz Taylor, de repente aparece él.

Shockaholic_Michael_Jackson
El presidente Truman jugando al golf en la isla de Kailua, Hawaii. Junio de 1911

¿Por qué Michael Jackson aparece en Shockaholic? Si hemos aprobado Primero de Famoseo nos será muy sencillo entender que Carrie Fisher > Eddie Fisher > Liz Taylor > MICHAEL. O también que Carrie Fisher > Dentista > MICHAEL. Y además de esa relación de amistad periférica, Michael Jackson acababa de morir. Recordemos, hay unos cuantos amigos muertos en estas páginas.

En cualquier otra todo esto habría servido para hacer una honda reflexión al respecto de lo destructiva y cruel que puede ser la industria del espectáculo, o las drogas legales, o la locura o todo junto. Cosas que están ahí, en subtexto. Pero no para el Michael Jackson que invitaba a Carrie Fisher y su familia a merendar o a su casa de vacaciones. Ella lo aprovecha con valentía para contarnos uno de esos aspectos agrios del famoseo, los parásitos: dentistas, como en este caso, dispuestos a cualquier cosa para ser los amigos de las estrellas. Habitaciones a oscuras para escuchar música y escucharse un poco a uno mismo. Hijos bien criados, a pesar del escenario irreal en el que viven. Niños amados y felices, como lo fue ella misma; como quiere que lo sea su hija.

Resulta especialmente valeroso y emotivo elegir esta figura para exponer el problema, más tratándose del episodio más oscuro de la vida de Jackson. Pero estamos hablando de Carrie Fisher: aquí los arrestos se presuponen. Y además, se podía llevar los jabones de recuerdo de Neverland a casa para enseñárselos a sus amigas.


La muerte de Michael Jackson nos ayuda a llegar a otra muerte, la definitiva, la que da sentido a toda la narración.

Eddie Fisher ocupa gran parte de las páginas de Shockaholic, como Debbie Reynolds ocupaba las de Wishful Driking. Si ésta era la confidente, la vecina, la voz de la razón, la presencia constante en la vida de la autora, Fisher es un personaje en construcción. Pasa de padre ausente a abuelo rijoso. De visitante ocasional y embaucador a anciano dependiente. ¿Pero qué vas a hacer si conservaba el encanto? Pues embaucarte.

Eddie_Fisher_Shockaholic
Carrie y Eddie Fisher, dichosamente inadvertidos del hundimiento del matrimonio del presidente noruego Sven Migdorf, que se produciría pocas horas después

El último tercio del libro está dedicado casi íntegramente a su padre. Es un momento de aceptación. Fisher asume que su vida es la que es, como su enfermedad es la que es, y lo mismo ocurre con ese hombre encantador, rodeado de enfermeras orientales a las que hacer comentarios picantes; vanidoso, operadísimo, enamorado de sí mismo hasta las trancas. Regalos a destiempo a hijas y nietas. Otra llamada de teléfono borracha, y vejez compartida porque al fin y al cabo, joder, qué le vas a hacer, es tu padre y es el abuelo de tu hija y el tipo no tiene mal fondo. Y no se va a morir solo.

Eddie Fisher porro Carrie Fisher Shockaholic
En el funeral de Bette Davis

Y al final Eddie Fisher se muere, ajeno a la fama, mirando al mar. Un jubilado en la Costa Oeste con algunos vicios, querido, perdonado y cuidado. Carrie Fisher murió años después, rodeada de los suyos, por Gary, querida y cuidada, velada por todos nosotros. Pero en ese margen aún le quedaban bastantes cosas por escribir.