#AdoptaUnaAutora: Carrie Fisher. Postales desde Wishful Drinking

Este post forma parte del proyecto conjunto Adopta una autora.

Estaba haciendo una entrevista en la que hablaba, cómo no, de mí misma. Y decía que a veces me siento más como un personaje que como una persona […] y lo ilustré con esa famosa cita de Cary Grant que decía “todo el mundo quiere ser Cary Grant, hasta yo mismo”. Y la entrevistadora me dice “sí, pero nadie quiere ser realmente Carrie Fisher”.

1) Persona

Wishful Drinking gira alrededor de qué significa, si significa algo, ser Carrie Fisher. Fisher vino al mundo en un entorno irreal por naturaleza, como es el mundo del espectáculo. Vidas en muchos sentidos fabricadas sobre las proyecciones de otros. En 1956 las amas de casa coleccionaban las portadas de Photoplay en las que Debbie Reynolds exhibía un matrimonio ideal y dos bebés preciosos.

La vida real. Como si la vida real fuese otra cosa.

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“Cuando dos famosos se aparean, el resultado es algo como yo […]. No soy solamente esa creación llamada Princesa Leia, sino además un set completo de juguetes y productos de limpieza”.

2) Explosiones

Se trata del primero de sus tres libros de memorias. Llega en 2008, tras cuatro novelas y varios tratamientos de electroshock. “Algunos de mis recuerdos nunca volverán _los de la Vida Real ™, esa que una siente mientras se fabrica la otra, la vida de la exposición pública_, pero con ellos he perdido también los devastadores sentimientos de desesperación y derrota que ninguna portada ni muñeca supieron retratar”.

Decidí freírme [ride the lightning] en lugar de apagar la luz que tiempo atrás había dado vida a mis ojos.

Carrie Fisher se compara con grandes personajes sometidos al electroshock. Uno de ellos era Sylvia Plath, que lo describió crudamente en La campana de cristal. Carrie Fisher lo haría en Shockaholic, su segundo libro de memorias. Lo que le debemos a Wishful Drinking es la puesta en escena de la bipolaridad: entiéndase esto literalmente. No contenta con salir del armario de la locura, Carrie Fisher creó esta obra a partir de ella. El escenario es un salón. Recibía al público en ropa de andar por casa. Y explicaba coloquialmente lo que significaba un trastorno bipolar:

He llamado a mis dos estados de ánimo Roy y Pam. Roy es el Alegre Roy, un tío salvaje. Pam es el sedimento, que se queda en la orilla y llora (Pam es la sigla de “piss and moan”). Un estado de ánimo es el menú, y el otro la cuenta.

 

3) Risas

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Esta reseña no hace justicia ni puede hacerla al agudísimo sentido del humor de Carrie Fisher (por otra parte, ya consagrado). Compartir adicciones con Mel Gibson o Irlanda, terapias infames con Vivian Leigh. Reír porque si la vida no fuera divertida, sería simplemente real, y eso es inaceptable. Wishful Drinking, primero en el teatro y después en letra impresa, convirtió la tragedia personal en comedia moderna. Y más que eso, en un monólogo. Algunos pensarían que se puso por derecho propio a la altura de los nuevos cómicos jóvenes. La realidad es justo al revés.

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Nunca recibí un premio en mi vida ni como actriz ni como escritora, y ahora me dan premios por mi locura todo el tiempo.

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Mucho, y seguramente mejor que cualquier cosa que aparezca aquí, se ha escrito sobre el agudo sentido del humor de Carrie Fisher. Sé que no son suyas _y que le molestaría un poco_, pero no puedo dejar de recordar algunas frases que llevan su voz: ¿servirá de algo si salgo y empujo? En la guasa que brilla en cada párrafo de sus memorias se reconoce mucha fuerza. También destellos de amargura: los escombros de mi cuerpo dando a luz, nació algo como yo tras el matrimonio de sus padres. Algunos adjetivos aquí y allá, quién sabe si fugitivos inconscientes o pistas entre líneas.

Entonces mi madre dijo: “Bueno, querida, ¿y cuál es la alternativa a sobrevivir? ¿no sobrevivir?

4) Texas

Hay tanto vinagre como amor profundo hacia su madre, Debbie Reynolds, nativa de El Paso (you know, dear). Vivían puerta con puerta. Debbie Reynolds tenía 78 años cuando se estrenó la obra y aún actuaba ocasionalmente. Conservaba una buena parte de su vestuario y recuerdos de Hollywood que les iba regalando a sus hijos para que fueran disfrutando de la herencia en vida.

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Así como su padre se llevará casi todo el peso de Shockaholic, su madre es la gran estrella de Wishful Drinking _entre otras cosas porque en fin, era una estrella_. Un amor devoto y sin fisuras solo comparable al que muestra por su hija Billie. Cómo no tener devoción por una madre que llama a Cary Grant para que te ayude con ese problemilla con el LSD.

5) Escombros

Esta criatura redondita y nutrida, rescatada de los escombros de mi ser.

La criatura es su hija Billie Lourd, entonces una adolescente. Como su madre, no se lleva un capítulo de la obra sino que forma parte de todo el camino, también los diferentes ingresos hospitalarios y las decisiones médicas, como someterse al electroshock de una puñetera vez y poder estar presente para su hija. Billie protagonizó junto a ella una serie de artículos de viajes con niños que no he podido recuperar. Quería ser neuróloga y estudiar la esquizofrenia, antes de seguir la empresa familiar. Y gracias a Billie obtenemos uno de los momentos más descacharrantes de la obra: la Endogamia de Hollywood.

Mi hija empezó a verse con el nieto de Liz Taylor, Rhys, y trataban de esclarecer si estaban emparentados de alguna manera […]. Les dije: “estáis emparentados con el escándalo”.

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7) Palabras

Wishful Drinking hace una especie de parada técnica en los más de 12 años de relación con Paul Simon. Se enamoraron porque, según dice, se enamoró de las palabras. Una relación tan íntima y poderosa que se lleva apenas un par de páginas del libro, y pocos más minutos en el escenario. Le cede el espacio a las propias palabras. A las letras que Paul le dedicó:

The bride was contagious,

she burned like a bride.

(Hearts & Bones)

Then I fall to my knees
Shake a rattle at the skies
And I’m afraid that I’ll be taken
Abandoned, forsaken
In her cold coffee eyes
She can’t sleep now
The moon is red
She fights a fever
She burns…
(The rythm of the saints)

8) La postal en blanco

Carrie Fisher habla de la adicción desde la angustia, pero también con una serenidad profunda _y mi madre me dijo: “well, dear”_. Algo que llega y te jode la vida, pero que no se queda para siempre en ella. No hay postal sobre traumas.

Tampoco la hay sobre drogas o alcoholismo en el sentido biográfico: nadie va a encontrar una primera raya, no hay un salto al vacío que escalar ni una culpa que purgar en público. Y eso que hay amigos muertos, crisis psicóticas con alucinaciones, matrimonios fraudulentos y amores tormentosos que se acaban yendo al carajo. Todos se van igual que vinieron y ahí se queda ella, contándonoslo en ropa de estar por casa.

Qué difícil se me hace no escribir la palabra rebeldía.

#AdoptaUnaAutora Willow Wilson: por qué

Este post forma parte del proyecto conjunto Adopta una autora.

¿Saben ese producto cultural que parece un catálogo de Benetton? Aquí una mujer, aquí un latino, un negro por allí, más allá un gay. ¿Les suena ese paisaje?

Claro que nos suena. Porque es la pura vida real, cuanto antes lo asumamos mejor. Cuanto antes entendamos que nuestra piel más o menos rosada es poco más que una anécdota fisiológica, mejor. Cuanto antes entendamos que lo prefabricado son nuestras ciudades con carril bici, nuestros colegios con niños iguales y nuestros productos culturales concordantes mejor para nosotros y mejor para todos los que no comparten nuestros privilegios porque no se nos parecen.

En este contexto vengo a presentar a Willow Wilson.

Willow Wilson (Nueva Jersey, 1982) ha dicho en más de una ocasión que su obra se dirige a la Generación Por Qué (después de la X llega la Y griega, léase en inglés para pillarlo).

También a ella le habrán preguntado a menudo por qué.

Por qué te gustan los cómics si eres una niña.

Por qué te enamoras del Islam si eres blanca.

Por qué lees cómics occidentales, hermana.

Por qué te gustan los superhéroes si eres una mujer inteligente, intelectual y progresista.

Por qué escribes fantasía con lo necesaria que sería tu voz, hermana, en asuntos más serios.

Por qué te pones un velo si eres feminista.

Por qué trabajas en la decadente industria del entretenimiento occidental, hermana.

Por qué trabajas en la decadente industria del entretenimiento.

Willow Wilson es tan “otra” que ni siquiera encaja en una sola de nuestras estrechas definiciones del Otro. Musulmana conversa, practicante y visible. Comiquera desde la infancia, jugona, marvelita y asidua de convenciones. Toda su obra consiste básicamente en eso, en desvelar al Otro y volverlo del revés. En identificarnos con el Otro, y no solamente con esos Otros que nos hacen sentir bien (un concierto por aquí, un tatuaje de henna por allá). Willow Wilson es musulmana y con sus palabras el Islam nos dice HOLA (o más concretamente nos dice Assalaamu Alaikum), estamos aquí, nos vamos a quedar. Y más aún, nos vamos a quedar porque somos vosotros.

Willow Wilson es Kamala Khan, aka Ms. Marvel. Willow Wilson es Alif el Invisible, un hacker fugitivo. Willow Wilson es Tova, una soldado desertora. Willow Wilson es Blythe, un piloto con agorafobia. Willow Wilson es sus personajes, todos ellos Otros de muchos otros. Y lo mismo escribe para Marvel que hace un comentario al Noble Corán.

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Willow Wilson es también una creación americana, porque en ningún otro lugar sería pensable (y mucho menos en Europa) que hubiera editores lo bastante valientes como para publicar sus historias. Recibí el último volumen de Ms. Marvel el mismo día que una novelista española decidió explicar otra vez cómo tenemos que vestir las musulmanas por nuestro propio bien, y haciendo caja.  No puede ser de otra manera, puesto que la vestimenta nos revela y les recuerda que existimos. La obsesión de las intelectuales europeas con “la vestimenta de las musulmanas” choca de plano con superheroínas suníes enmascaradas con burkini y dupatta. Que resuelven crímenes, luchan contra aliens y que sobre todo, sobre todo, dejan de necesitar los consejos de las intelectuales europeas.

Willow Wilson sería también invisible, como sus protagonistas, en un país como España cuyas comunidades musulmanas suelen invertir más tiempo en destruirse proyectos mutuamente que en construir un proyecto común juntas. Para que luego digan que no se puede ser a la vez profundamente musulmán y profundamente español.

Para Wilson el Islam no es algo que debamos representar necesariamente en positivo: es sencillamente algo que es, que vive, se mueve, respira y que adopta tantas formas y expresiones como musulmanes y musulmanas habemos en el mundo. Aunque después de todo, quizá Wilson y sus letras sólo son posibles en un país donde también es posible que un perfecto supervillano (¡hasta el color!) sea elegido presidente.

#AdoptaUnaAutora Dónde estás, Carrie

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El tipo era trekkie. Estaba ahí porque era trekkie. Era amigo de un amigo de otro tipo de clase y pasaba más tiempo en nuestra facultad que en Derecho. Estaba allí por trekkie y yo quería un artículo sobre Star Wars escrito por un trekkie.

El año era 1997. El lugar la Universidad Complutense. Y yo me había propuesto celebrarle el cumpleaños a Star Wars llevando mis películas favoritas al mundo académico. Organizar unas jornadas. Ponérselas delante de la jeta a mis profesores. Y traer a Carrie Fisher a Madrid.

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La invitación nunca fue aprobada por el comité organizador (cuatro de cinco compañeros de clase, todos hombres, a los que había arrastrado conmigo) porque era irreal, era carísimo y porque queríamos hacer algo de verdad (ditto respetable). Después de todo ¿dónde estaba Carrie Fisher en 1997?

Carrie Fisher icono de todo lo que no funcionaba en Star Wars. No lo bastante guapa para ser pin up, no lo bastante buena para salir del género, de esas películas con mucho dinero  _creo que en este párrafo no  he recordado que estábamos en 1997_.  Carrie Fisher convertida en muñeca, condenada a la irrelevancia, hecha caricatura. Carrie Fisher la yonqui. Y lo peor de todo, Carrie Fisher fracasando en la vida de tal manera que solamente podía trabajar de GUIONISTA.

Jaja. Qué risa.

 

En 1997 la novia de Jake Blues había reescrito ya casi diez películas. Hook. Sister Act. Arma Letal 3. Películas que a ella no le gustaban. Películas que a mí me encantan, aunque entonces ni siquiera sabía que habían pasado por sus manos. Río Salvaje (que a ella sí le gustaba). Estallido (que no nos gusta a ninguna). No deja de ser algo irónico que todo empezara, de nuevo, con Leia Organa. Es mítica la frase de Harrison Ford en 1977 “Tú habrás podido escribir esta mierda, pero nosotros no podemos decirla”. Tras mejorar los diálogos de su personaje fue George Lucas quien la contrató para reescribir los guiones de El Joven Indiana Jones, aquella serie que sólo era televisión (faltaban años para que nos pusiéramos a hacer el payaso con Las Series).

Sobre todo, en 1997 Carrie Fisher era la autora de Postales desde el Filo. La novela llevaba 42 ediciones en siete idiomas. La película había recaudado 40 millones de dólares y dos premios y once nominaciones internacionales.

El artículo del trekkie decía algo así como esto:

A Mark Hamill se le dejó de ver la cara (mejor, porque para cómo le quedó) y anda poniéndole la voz al Joker en series de televisión. Y Carrie Fisher, después de haberse bebido hasta el agua de las macetas de Sunset Boulevard, es hoy la típica señora que da charlas contra la droga en los institutos: “si yo pude decir no, tú también puedes”.

En Navidad de 2016 muchos nos pusimos a llorar. Se había ido Carrie Fisher, y por primera vez leímos que se había muerto la autora. Pero la ficha IMDB de Carrie Fisher sigue sin reconocer su trabajo como editora de guiones. Sus libretos originales tampoco están publicados.

Y mientras Leia crecía y crecía sin importarle un pimiento _porque para eso es Leia_ que la Academia, por un lado; los fans, por otro; y Carrie Fisher ahí atrás lo supiéramos o no. En los días que siguieron a su muerte me pregunté si al final ambas hicieron las paces. Del nacimiento de su hija ella escribió “esta criatura redonda y nutrida, rescatada de las sombras de mi ser”. Aquel febrero de 1997 yo tenía 22 años y una inmensa sensación de fracaso porque no logré alumbrar a la Leia que yo sentía inmensa en su pequeñez; ni rescatar de las sombras a la Carrie que la había nutrido a ella y también a mí. El tiempo lo ha hecho con ambas. Carrie Fisher llenando teatros con su sola presencia. Carrie Fisher despidiéndose a lo grande, teniéndonos en vilo en el telediario, estrangulándose con el sujetador, pero ni mucho menos en la oscuridad. Y Leia plantándole la jeta a Trump, reconociendo su fétido aliento desde el momento mismo en que llegó.

Leia knows what’s up. #womensmarchlondon #womensmarch #lovetrumpshate #riseup #nastywomengetshitdone

Una foto publicada por Poppy Starkie (@poppystarkie) el


Del tipo aquel sólo recuerdo que era trekkie. No he encontrado copias del fanzine que hicimos y no logro recordar ni cómo se llamaba.

Para glosar la vida y obra de Carrie Fisher antes de empezar, este artículo de Ángel Ramos y Guacimara Vargas en Revista Don es la pieza que hay que leer.

Episkaia 37: La Familia

Participo en el Volumen 37 de la revista literaria Episkaia con el relato “Receta para endulzar aceitunas en Arcadia”, que podéis leer a continuación.

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Para endulzar aceitunas no hace falta una tina de barro como las de nuestras abuelas: basta con un recipiente hondo, tan grande como la cantidad de aceitunas que vayas a aliñar. Lo normal suele ser utilizar cubos. Tiene que ser grande. Nunca de aluminio.

La huerta medía, mide, unas dos hectáreas.

Los tres olivos dan sombra a la casa por un lado, nunca tuve claro si el lado norte o el lado este. El monte siempre fue arriba, el valle abajo, camino de Madrid, del invierno. Se bajaba al pueblo y se subía al monte, no era algo que me pasara sólo a mí.

De las suertes de olivo que heredara mi abuela quedan esas tres plantas. Los dos olivares los pudimos vender, el de la Raña y el del Torilejo, a uno del pueblo que yo no conozco, el único que negoció justamente, al contrario que el gordo aquel, una Nochebuena, que le dijo a mi abuela que estaba dispuesto a hacernos el favor de cogérnoslos, porque no valían un chavo pero así nos los quitábamos de en medio. Mis abuelos habían emigrado a Madrid, para abajo, como otros habían tirado para Barcelona, para arriba. Y los que se quedaron compraban tierras casi regaladas para explotar según lo que dijera Bruselas cada año.

La aceituna manzanilla es redonda y pequeña, de tono verde claro. La picual es alargada y termina en un garfio minúsculo que le da nombre. La primera se endulza y la segunda se hace aceite, pero ambas se pueden comer. También de la manzanilla se hace aceite, muy suave, de tonalidades doradas.

Cogimos dos cubos de aceitunas y unas nueces, y un repollo. Entré en la casa para llevarme el molinillo de café. Ni una humedad. Con la cantidad de años que te calaba hasta la punta de los pies ya en pleno mayo. Ni una mancha, ni un ramalazo de frío a primeros de noviembre. A buenas horas.

Hacía veinte años justos que el nogal se había rajado y se había venido abajo. Lo había plantado mi tatarabuelo. Vino un ingeniero técnico agrícola a curarlo con tintura y unos vendajes, pero al verano le dio por llover y el árbol se murió. Tardamos varios años en talarlo porque era un maderal enorme y había que hacerle sitio, y podarlo para que no se venciera sobre la casa de mi tía. Y puestos a tener mala suerte, seguro que se habría caído cuando ella no estaba. El caso es que quedó un solar junto al soto y todo parecía más ancho, y los árboles de alrededor, unas higueras y un ciruelo, algo más grandes.

El granado se había secado.

No ladraba ningún perro al paso del coche.

Hay quien maja o corta las aceitunas. En cualquier caso, las ponemos en el barreño, las cubrimos con agua y las dejamos reposar 24 horas. Volvemos a cubrirlas con agua y a dejarlas reposar otras 24 horas, y así sucesivamente hasta que pierdan el amargor.

Si se aliña con sosa, elige aceitunas gordales o picuales enteras y estarán listas con dos cambios de agua y unos 200 gramos de sosa por cada cinco kilos. Necesitarás un lugar seco que facilite los cambios. Recuerda que la sosa cáustica es muy corrosiva y puede producir quemaduras en la piel y en la ropa.

El mochuelo no llegó a posarse en la teja, pero estaba por allí. Le oíamos ulular todas las noches. Había nidos de cientos de pájaros, tantos como formas había de matarlos. Perdiz y paloma torcaz con arroz o patatas. Pájaros fritos que nadie comía porque no tienen sabor y apenas carne. Pájaros tiroteados por comer fruta, ahogados por hacer nidos, mutilados por cagar la ropa tendida. Grajos colgados boca abajo por las patas, en el laurel, delante de la casa, como disuasión, para disuadir a los grajos de ser grajos. Perros ahorcados en los alcornoques del cercón, junto al carreteril. Perros atados por el cuello en medio del monte como la Leona, demasiado vieja para seguir al rebaño o parir. Una mastina enorme que era tan alta como yo a mis cinco años, babosa y famosa por haber salvado la vida del Baltilla, el hijo de su amo que se perdió en el soto cuando todavía iba a gatas, y al que ella y el Moro dieron calor y protección toda la noche. En honor a aquello, Baltasar no la ahorcó sino que la dejó en el monte atada a un chaparro, por pena.

Subí la vereda de la presa de riego y llegué al huerto del Legiones, el dueño del Moro, el otro perro salvavidas, al que cuidó orgulloso en su casa, ya viejo, hasta que se lo mató un vecino. Legiones era un tipo enjuto y gracioso, con una hija subnormal que estrenaba un vestido todas las fiestas y trabajaba en el campo y salía y entraba de su casa cuando le daba la gana. Era un hortelano desastroso. Vi que sus sobrinos habían arado otra vez la huerta: les pillaron plantando marihuana y estuvieron un tiempo sin aparecer. Mi perro había pasado de comerse los tallos, no le gustaban para purgarse.

Si aliñas con sal tendrás que repetir este proceso de lavado durante diez o quince días hasta que se quita el amargor. Eso se comprueba mordiendo una. Después se reparten en tarros de cristal, nunca de plástico: añadimos unos ajos majados, una rama de hinojo, unas ramas de tomillo, corteza de naranja y sal. Cubrimos la mezcla con agua limpia y la dejamos en un lugar seco durante una semana: cuantos más días pasen, más sabor cogerán las aceitunas.

Mi tía llevaba dos semanas con el queso encargado y dos días con las tumbas limpias. Aun así las volvimos a fregar, para no deslucir ante las otras mujeres que se afanaban con los delantales y los cubos. Mandiles de colores chillones encima del luto o del medio luto. El luto no se rige por códigos de tiempo sino de espacio: se lleva luto en el cementerio, en el pueblo si se va para Los Santos. En fiestas medio luto. Llevas luto si has nacido en el pueblo. No lo llevas si naciste en Madrid o Barcelona, ni siquiera si te volviste como mis dos primas, que encontraron trabajo y marido en el pueblo. El luto tampoco es cosa únicamente de mujeres. Luto llevó mi bisabuelo hasta que se murió, luto llevó Félix por Baltasar, que años después de dejar a la perra en el monte salvó él mismo la vida al hijo de otro. Baltasar murió solo. La Tomasa no entraba en la habitación, por pena, y las hijas tampoco. Félix tampoco fue a verle, por pena, y porque una cosa era salvarle el hijo y otra llevarse el agua del riego, que le había estado robando (a él, a nosotros, a todo el valle) desde que puso huerta. Robaba el agua para producir doble y que otros produjeran medio, y vender antes la hortaliza.

Comimos en la cocina. Mi tía nos había hecho paella.

Mi padre le arregló a mi tía el temporizador de los goteros, y subió a buscar a mis tíos mayores con el coche. Lloramos a mi perro, y miramos las fotos que mi madre traía para regalarle. Mi tía tiene una foto de mi orla. Dice que soy artista. Su perro murió antes, ciego ya, le cuidaba yo en las siestas en vela. Dormían todos menos el Cobi y yo, que éramos los pequeños. Se murió mi perro y se murió el Cobi años antes. Y las dos perras de Heliodoro, otra generación de perros que no servían para nada y por eso vivían mejor que los perros de diez años antes. Como la burra de Heliodoro que también murió de vieja. Animales que se jubilaban junto a sus amos, y que sorprendían a los veraneantes por su senectud.

Mi tío llevaba muerto tres años, un cáncer de pulmón que confundieron con una contractura, pero mi tía disfrutaba de la casa nueva, las vistas del monte de la Morra y la distancia perfecta para estar en el pueblo sin tener que vivir en él. La casa de mis tíos era nueva, en la parte de abajo, después de partir y vender la otra donde habían nacido ellos y antes su madre y mi abuela, que eran hermanas, y su padre antes que ellas. Aun así es una de esas cocinas de pueblo, lo bastante grande para que quepa una despensa y una paella para seis personas.

Algunas aceitunas tardan más que otras en endulzar. El secreto es como todo en la cocina: tiempo y paciencia. Lavarlas una y otra vez hasta que estén en su punto justo.

Desde arriba del patio se ven los montes y se oye a las gallinas de la vecina, una quesera joven. En el pueblo hay colegio y niños, y por ser Los Santos tenían fiesta y jugaban en la calle después de comer: todavía no hace frío.

El café estaba como la paella y la cafetera era italiana, de las de dos piezas. Toda la casa olía a café.

Hablamos de mis otros tíos, de mis primos de Barcelona y de Valencia. Escuché los primeros problemas de la adolescencia de mis sobrinas: tengo sobrinas que pasan el verano en la misma habitación donde yo pasaba las fiestas. A una de ellas mis otros primos la llaman rarita y murmuran, y mi tía, que dice que será artista, me preguntó por mi marido mientras me ponía otro plato de paella que me zampé a la vez que critiqué a mis primos por chismosos, manda cojones, y a mi tía Pepi que me hizo andar descalza por el monte y mataba a los gatos. Y me quedé a gusto e hinchada, y comí café con roscos, porque en el pueblo nunca se han estilado los buñuelos ni los huesos de santo.

Oí que mi prima Maite había dejado a su marido y a un hijo discapacitado y se había enrollado con un tío de Valencia, y no tenía la menor intención de volver a buscar al chaval. Y que mi tío Pedro, que era un santo, había hecho abortar a mi tía Angelita de una paliza que le dio.

  • Así que queréis vender la huerta – le dijeron a mi madre.
  • Sí, ya estamos mayores, y los chicos no vienen… No les gusta esto.

Mi tío Julián me pasó el plato de los roscos.

  • Pero ¿cómo no te gusta esto? Ahora que dices que quieres tener familia, qué les vas a contar de cuando eras pequeña, de tus abuelos, que sepan de dónde viene la fruta, y las aceitunas, y los pájaros… ¡anda que no hay variedad de pájaros!

 

A los pájaros los recuerdo. Los recuerdo a todos.

Mi tía no nos pudo dar las aceitunas porque todavía no habían perdido el amargor.

El misterioso Oriente – Assasin’s Creed y el orientalismo, para FSGamer

Aquí podéis leer el principio de mi artículo El misterioso Oriente, sobre mitos y tropos orientalistas en Assasin’s Creed y otros juegos. Siempre, siempre, es un placer escribir para FSGamer.

 

Oriente fue un lugar de peregrinación […]. Siempre se volvía a Oriente y se concebía como la realización de todo lo que habíamos imaginado.

Edward Said, Orientalismo.

Oriente siempre estuvo ahí. Con sus palmeras, sus dátiles, sus cruzados, sus odaliscas de ojos negros, sus ancianas completamente cubiertas con el cántaro en la cabeza, sus avezados guerreros con turbante y barbas pobladas. Con sus sabidurías ancestrales. Con sus enigmáticos ancianos. Con su rubiales Príncipe de Persia. Con su encapuchado Altaír de piel blanca y mandíbula cuadrada.

Porque Oriente es una cosa y nuestra imagen de Oriente otra. Y de esto va Orientalismo, escrito por el antropólogo palestino Edward Said y publicado por primera vez en 1978. Una obra que todavía suscita controversia entre quienes aseguran que Oriente, el misterioso, fascinante y a veces terrible Oriente, es tal cual lo pintaron Flaubert, Hugo, Walter Scott, Napoleón y Lord Balfour. Said pone el foco en las aproximaciones culturales (y políticas) que las potencias volcaron sobre los territorios de Asia que integraron en sus imperios. Especialmente, aunque no solo, de la compleja relación entre el erudito anglosajón o francés y el oriente más próximo: lo que los contemporáneos de Balfour dieron en llamar Middle East, porque el Near East estaba en Atenas, Estambul o Granada.

Como catalizador de esa complejidad estaba el Islam. Lo islámico y los musulmanes se presentan ante los eruditos como una realidad que se les escapa. El islam representa un antagonista en todos los ámbitos: en lo político, primero bajo el rostro del imperio otomano; más adelante con los panarabistas anticoloniales que han devenido en los conflictos de hoy. Pero el Islam también un antagonista cultural, que desafía la omnipresencia del cristianismo y ejerce a partes iguales atracción y confusión entre los geógrafos. El colonialismo post-Ilustración lleva el estandarte de la misión cultural. Rescatar los tesoros de la Antigüedad y donar, a cambio, la civilización a los territorios conquistados. Las sociedades árabes suponen una piedra en ese camino. Y de los intentos por dar forma a esas civilizaciones “incivilizadas” llegan los tropos culturales sobre Oriente que hoy aún perviven en nuestra cultura popular.

 

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